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Para éste fin de semana sugerimos una lectura apasionante como es la Novela Argentina «La Libertina», de Florencia Canale.

En el film argentino «Camila» (1984), se mencionó en algunas escenas a su abuela paterna, un personaje histórico muy peculiar para la Buenos Aires colonial. Fué Marie Anne Périchon de Vandeuil, más conocida como Anita Périchon “la Perichona”. Novela histórica, escrita por Florencia Canale y editada en Octubre de 2020, por Planeta Editores.


Esa misteriosa mujer, nació en la isla de Reunión, en el Oceáno Indico, en medio de una familia tradicional francesa. Que en 1797, cuando se hacía interminable la Revolución, se refugiaron en Buenos Aires. A los pocos años y aún siendo muy jóven se casó con Thomás O´Gorman, quien durante las Invasiones Inglesas tuvo que buscar asilo en Brasil. Así en medio de revueltas políticas, amoríos y secretos de espionaje, Ana, vivió como amante de William Beresford, y luego de Santiago de Liniers.


Mientras leemos ésta apasionante novela, develamos a una mujer que se destacó por su rebeldía y audacia. A pesar, que le tocó vivir en una Argentina que atravesada por las guerras de la independencia, construía una sociedad apocada y retraída.


Con una excelente narrativa, Florencia Canale nos transporta a ese Río de la Plata que aún deja mucho por descubrir.
Y en su comienzo nos dice, «La furia es mi motor, la pasión mi faro. La curiosidad, mi continente…Solo así me es posible soportar éste viaje interminable, largo como cola de estrella fugaz…»
MFDS.

PRELUDIO EN ALTAMAR
«La furia es mi motor, la pasión mi faro. La curiosidad, mi continente… Solo así me es posible soportar este viaje interminable, largo como cola de estrella fugaz… Rumiar en silencio, escondida detrás de esta, mi soledad impertinente y multitudinaria…» Anita se quitó un rulo desobediente de la cara y tomó aire como si fuera la última vez. —Abrígate, hija querida. Cúbrete, por favor, que la helada en altamar trae enfermedad —la instó su madre, aunque sabía que el consejo se hundía en saco roto. Etienne Armand Périchon de Vandeuil, su mujer Jeanne Madeleine Abeille y sus hijos Jean Baptiste, Etienne Marie, Eugéne, Louis y Marie Anne, junto a sus pequeños nietos Tomás y Adolfo, navegaban los mares rumbo al sur, a esa América tan desconocida pero auspiciosa. El rico comerciante francés buscaba otros rumbos; la aventura era su ley pero, sobre todo, lo acicateaba el deseo de engrosar sus caudales, que ya viajaban bien gruesos desde el puerto de partida. Quien no apoyaba la moción itinerante era la menor de los Périchon, esposa del irlandés Thomas O’Gorman. Este último no había sido de la partida pero había prometido seguir de cerca a la fragata de su suegro, la María Eugenia. «La noche será mi fiel compañera, su páramo me asistirá hasta que arribe mí verdadero acompañante… ¿Habré hecho bien en casarme con el isleño de aíre intrépido pero abrazo dudoso? Ay, mi querido Tom, ¿nos hemos equivocado con el sí fácil, el sí apurado, urgente como todo lo que preciso, este hambre constante, esta voracidad que insiste, que nada apacigua, que nunca se calma, que agrega ansia al ansia, que jamás se sacia? Protegido de mí padre, has sido el elegido de los Périchon, con negocios aunados pero sin afán de negociar el corazón que me late, que no puede estar solo, que no encuentra paz cuando se siente abandonado, que busca guerra cuando lo provocan, que halla contendiente a la velocidad de la marea… Dicen que soy demasiado joven y aún más intrépida… Digna hija de mi padre, entonces, siempre listos para la aventura, así que no intenten avasallar mi latido, mi búsqueda constante… No me dejes, mi Thomas, mi irlandés que grita, que vocifera con vahos pestilentes de alcohol… Pues yo no necesito de licores para aullar por dentro, que esta francesa sueña vidas y mundos, combates y sudores, amores y odios hasta las últimas consecuencias… Placer hasta el final, abismo galo. Quien se cruce en mi camino jamás podrá olvidarme, para bien o para mal… Gozar, disfrutar del riesgo, de este latido perpetuo que me hace tragarme la vida. Conmigo, Tom, que sí no ya verás, aunque es mejor que no veas…» La jovencita apretó la cobija de lana contra su cuello y se apoyó contra la borda de la fragata, con los ojos fijos en la superficie del mar, iluminada por el brillo plateado de la luna llena. Armand Périchon se acercó por detrás, catalejo en mano. El resto de la familia se había ido a descansar, solo se escuchaban las voces quedas de la tripulación. —Vamos, niña, a dormir unas horas que la noche es larga —ordenó. —No tengo sueño, papá. —No hace falta, se acuesta y listo, la dormidera llegará antes de que se dé cuenta —insistió. —¿Y qué haces tú en pie? —le preguntó la joven a su padre con una

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